La lucha para el cambio ya no puede ser sino de todos

por Roberto Patiño, lunes , 20 de agosto de 2018

Protesta en Venezuela
Protesta en Venezuela – Foto referencial

En tan sólo dos semanas el régimen ha desatado una persecución política dantesca, “amparada” por los turbios hechos sucedidos el 4 de agosto y anuncia un aumento de la gasolina, seguida de medidas enmarcadas dentro de un supuesto plan de recuperación económica, con consecuencias catastróficas para el país. Todo esto dentro de un contexto de caos y colapso sin precedentes en nuestra historia.

 

A estas alturas resulta evidente que la manipulación del atentado ha servido al régimen para atacar al partido Primero Justicia y radicalizar la destrucción de liderazgos emergentes como los de Juan Requesens, cuyo secuestro y violación de derechos humanos es una clara señal de amedrentamiento a cualquier forma de disidencia política. Para quienes formamos parte de la generación de Juan, este hecho representa el escalamiento de una persecución que ha venido cobrando víctimas en líderes como Smolansky y Olivares, por ejemplo, que para resguardarse han tenido que exiliarse de manera forzada del país.

 

Una amenaza que pesa más allá de la pertenencia a un partido, y que se extiende al resto del país, cuyo rechazo al actual modelo destructivo se expresa en la protesta de gremios como los de las enfermeras, profesores, transportistas y comunidades, hasta trabajadores públicos y sectores del chavismo traicionado, afectados por igual.

 

Lo sucedido a Requesens es un espejo de lo que le ocurre a Venezuela. Así como Juan es vejado por un poder autoritario, se le violan sus derechos humanos y constitucionales y sus justos reclamos de cambio se criminalizan y se les manipula desde el poder para ligarlos de manera infame a complots y actos de violencia, así trata el régimen a Venezuela: criminalizando y reprimiendo las protestas de la gente, tomando medidas autoritarias en lo social y económico que destruyen a las personas, promoviendo un estado de impunidad y opresión, en acciones como las OLP y ahora las FAES que se cobran víctimas en los hogares de familias y comunidades.

 

Para muchos, hoy el tamaño de la tragedia parece insuperable y la necesidad de sobrevivencia particular priva sobre lo demás. Pero ya no podemos seguir viendo la crisis como una situación abstracta, una masa informe de hechos aislados que afectan a un sector u otro con distinta gravedad. Pensar que lo que le sucede a Juan no me pasará a mí, que el hambre de una comunidad no es la misma que la mía, que la causa de las enfermeras, de los profesores o de los transportistas no es mi causa.

 

La realidad es que hemos llegado a un punto en que cualquier solución particular estará cada vez más limitada hasta volverse insuficiente para enfrentar la escala desmedida de la tragedia que hoy embarga al país.

 

Por ello, es necesario dar un primer paso de articulación de todos para enfrentarla. El liderazgo político debe ejemplificar y servir de modelo para ello, y sumarse efectivamente al liderazgo del resto de los sectores de la sociedad, con el objetivo de movilizarla para salir del complejo y difícil contexto de autoritarismo y destrucción que estamos viviendo.

 

Es claro que el régimen impone su modelo a través de la violencia y el terror, de la siembra del miedo y la profundización de la fragmentación. Las medidas anunciadas este viernes 17 son una clara expresión de este afán dictatorial y desintegrador. Pero esto sólo podrá ser contrarrestado desde la toma de conciencia, por parte del país, de que la única respuesta exitosa debe producirse a partir de la articulación de todos los actores de la sociedad venezolana. Lograr la interactuación de todos, que nos convierta en una fuerza viva de cambio.

 

Ya no podemos ver la situación únicamente desde nuestro hecho particular y aislado. La lucha para el cambio ya no puede ser sino de todos.