Salir de la violencia

por Roberto Patiño, martes , 29 de enero de 2019

 

Iniciamos el año sumidos en una gran conflictividad y la necesidad inaplazable de la inmensa mayoría de los venezolanos de lograr una transición hacia la salida de la crisis. Crisis que ha alcanzado niveles inéditos y desbordados de emergencia política, social y económica, producto del modelo de caos y colapso dictatorial que vuelve inviable al país.

 

Uno de los efectos mas significativos de este “modelo” ha sido el de convertir al Estado en uno de los principales factores de promoción de la violencia. Una situación que se expresa en la violación de derechos humanos por parte de fuerzas públicas, como la policía y el ejército, en el discurso oficial de fragmentación, militarismo y confrontación, en la implementación de sistemas de control y hostigamiento que condicionan el acceso a alimentos y limitados beneficios sociales.

 

Las nefastas políticas de “seguridad” producidas desde el gobierno se han efectuado sin ningún control, monitoreo o regulación de otras instituciones. Profundizan los fallos que en esa materia hemos venido arrastrando de forma crónica en el país, y mantienen una situación de hostigamiento y terror en las comunidades afectadas.

 

En nuestro trabajo con la iniciativa Monitor de Victimas, pudimos ver esto claramente en las cifras recogidas entre 2017 y 2018. De los 1.639 casos de muertes violentas ocurridas en el Municipio Libertador, 651 (37,4%) se reporta que fueron producidas por cuerpos policiales y estatales.

 

En este sentido, publicamos a finales de ese año el libro “Cuando suben los de negro”. A través de múltiples testimonios de quienes han padecido los estragos de las OLP o la acción de cuerpos como la FAES, se describe la durísima realidad de un Estado que ha utilizado el argumento de la lucha al crimen para emprender una guerra en contra de su propia población.

 

Ha comienzos de este año, en la parroquia de Macarao en el barrio Kennedy de 23 de enero, la acción de unidades de la FAES produjo un saldo de 5 caídos en enfrentamientos. Durante esa madrugada del 8 de enero, el tiroteo mantuvo a los vecinos atrapados en una zona de guerra, temiendo que una bala perdida los alcanzara o que la policía entrase a sus casas buscando a los delincuentes.

 

Una muestra del actual estado de las cosas en el país, en el que los cuerpos de seguridad actúan sin ninguna supervisión, se desconoce la efectividad real de las acciones que se realizan y se promueve una visión del ojo por ojo como forma, errada y fraudulenta, de justicia. Operativos oficialmente declarados como exitosos al lado del crecimiento sostenido de altos niveles de muerte y criminalidad.

 

Ahora, ante las protestas, se ha venido utilizando a la FAES como una herramienta de persecución política contra los manifestantes, con saldos de fallecidos, heridos, detenidos y perseguidos.

 

El problema de la violencia no es nuevo, y como sociedad no hemos podido articular o sostener políticas que nos permitan abordarla y contenerla de manera efectiva. Pero la actual manipulación de la violencia por parte del Estado es un fenómeno inédito, producto de una estrategia para mantenerse en el poder opuesta al bienestar de los ciudadanos.

 

Junto con el colapso de los servicios públicos, el secuestro de instituciones y las emergencias de alimentación, salud e hiperinflación, han transformado al país en un Estado fallido.

 

La posibilidad de una transición significa un cambio no solo político, sino también social y económico, en el que problemas prioritarios como la violencia sean enfrentados y asumidos de manera responsable. Es necesario abrir un espacio para la solución de las emergencias y detener el aprovechamiento que desde el poder se hace de ellas.

 

El régimen actual busca mantenernos atrapados en la espiral de violencia. En el difícil esfuerzo que estamos haciendo, necesitamos tomar conciencia de esta realidad para asumirla y buscar formas de superarla.